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Autor: David Macario

Aquí se enumeran los frutos que son evidencias palpables de que quien ha estado caminando en el vigor de la vida ha experimentado un cambio, tan notable ciertamente que se le compara con la muerte. ¡De la vida activa a la muerte! ¡Qué figura notable! Si no han experimentado esa transformación, no descansen. Busquen al Señor con todo el corazón. Hagan de esto el asunto más importante de sus vidas.

Sus mandamientos y su gracia están adaptados a nuestras necesidades, y sin ellos no podemos ser salvos, no importa qué hagamos. Requiere una obediencia que él pueda aceptar. La ofrenda de bienes, o cualquier otro servicio, sin la participación del corazón, no será aceptado. La voluntad debe ser sometida a él. El Señor requiere de ustedes una mayor consagración, una mayor separación del espíritu y la influencia del mundo.

Se me mostró que habían oprimido a sus empleados mediante los salarios que les habían pagado. Se aprovecharon de las circunstancias y obtuvieron beneficios pagando el salario más bajo posible. Esto ha disgustado a Dios. Deberían haber pagado generosamente a sus empleados, es decir todo lo que habían ganado. Dios ve y sabe. El Escudriñador de los corazones está al tanto de los pensamientos, las intenciones y los propósitos del corazón. Cada peso que hayan ganado de esa manera, reteniéndolo, lo perderán como consecuencia de la adversidad y la aflicción.

Nos hemos unido en ferviente oración en derredor del lecho de hombres, mujeres y niños enfermos, y hemos sentido que nos fueron devueltos de entre los muertos en respuesta a nuestras fervorosas oraciones. En esas oraciones nos parecía que debíamos ser positivos, y que, si ejercíamos fe, no podíamos pedir otra cosa que la vida. No nos atrevíamos a decir: “Si esto ha de glorificar a Dios”, temiendo que sería admitir una sombra de duda.

El espíritu que existe en la iglesia es de tal naturaleza que puede apartar de Dios y de la senda de la santidad. Muchos miembros han atribuido su condición de ceguera espiritual a la influencia que ejercen los principios enseñados en el Sanatorio. Esto no es del todo correcto. Si la iglesia se hubiera sometido al consejo de Dios, el Sanatorio habría estado bajo control. La luz de la iglesia se habría extendido hacia ese ramo de la obra, y no se habrían manifestado allí los errores que se han cometido.

En general, los jóvenes que hay entre nosotros están aliados con el mundo. Pocos libran una batalla especial contra el enemigo interno; pocos tienen un deseo sincero y ferviente de conocer la voluntad de Dios. Pocos tienen hambre y sed de justicia, y pocos saben algo del Espíritu de Dios y de sus reprensiones y consuelos. ¿Dónde están los misioneros? ¿Dónde están los abnegados, capaces de sacrificarse a sí mismos? ¿Dónde se encuentran los que están dispuestos a llevar la cruz? El yo y los intereses personales han consumido los principios nobles y elevados.

Nuestros queridos Hnos. Matteson y D.T. Bourdeau se han equivocado en esto, y deberían reformarse en cuanto a su manera de trabajar. Deberían hacer discursos y oraciones cortos. Deberían ir al punto de una vez, y suspender sus tareas antes de llegar al cansancio. Ambos pueden hacer un bien mucho mayor si obran así, y al mismo tiempo conservarían sus fuerzas para continuar las labores que tanto aman, sin quebrantarse del todo.

Mientras el ángel de Dios presentaba estos hechos relativos a los viajes y la experiencia de los hijos de Israel, me sentí profundamente impresionada por la honda consideración de Dios por su pueblo. A pesar de sus errores, desobediencias y rebeliones, seguían siendo el pueblo escogido de Dios. Los había honrado especialmente al descender de su santa morada al Monte Sinaí, para darles los diez mandamientos con majestad, gloria y terrible grandeza a oídos de todo el pueblo, y para escribirlos con su propio dedo sobre tablas de piedra.

La madre ha recibido fortaleza y sabiduría especiales de parte de Dios para animar y ayudar a su marido, y ha hecho mucho para unir a sus hijos a su corazón, y fortalecer sus afectos por sus padres y del uno por el otro. Vi que algunos ángeles de misericordia volaban por encima de esta familia, a pesar de que las perspectivas parecían tan oscuras e inciertas.

Ponga fin a toda contienda, y trate de ser pacificador. Ame, no de palabra, sino en hechos y en verdad. Sus obras deberían estar en condiciones de soportar la inspección del juicio. ¿No obrará lealmente con su propia alma? No se engañe a sí mismo. ¡Oh, recuerde que Dios no puede ser burlado! Los que posean la vida eterna harán todo lo posible para poner sus respectivas casas en orden. Deben comenzar en sus propios corazones, y proseguir la obra hasta lograr victorias, verdaderas victorias. El yo debe morir, y Cristo debe vivir en usted, y ser en usted una fuente de agua que salte para vida eterna.