“Qué privilegio es que nosotros, mortales pecadores, tengamos la oportunidad de hablar con Dios. En nuestra habitación, cuando caminamos por la calle, cuando estamos trabajando, nuestros corazones pueden ascender a Dios para requerir su consejo; podemos elevar el alma a Dios para recibir el aliento celestial. Dios escuchará todas las súplicas del alma. Podemos llevar al Señor todos nuestros problemas. Sus manos llenas de amor infinito se mueven para suplir nuestras necesidades”.
Cada Día con Dios, 19 de enero, pág. 25.2.