Testimonios para la Iglesia, Vol. 1, p. 231-239, día 025

Los que se aventuraron a salir de sus hogares y a sacrificar sus vidas para abolir la esclavitud, se encuentran insatisfechos. No ven ningún resultado positivo de la guerra, y ven solamente la preservación de la Unión, para lo cual hay que sacrificar miles de vidas y afectar miles de hogares. Un número muy grande de hombres han perecido en el campo de batalla y muerto en los hospitales; otros han sido tomados prisioneros por los rebeldes, que es una suerte que debe temerse aún más que la muerte. En vista de todo esto preguntan: Si tenemos éxito en someter esta rebelión, ¿qué habremos ganado? Tan sólo pueden contestar con desánimo: Nada. No ha sido eliminada la causa de la rebelión. El sistema de la esclavitud, que ha arruinado nuestra nación, ha permanecido intacto y con el potencial de desatar una nueva rebelión. Miles de nuestros soldados se sienten desmoralizados. Experimentan enormes privaciones, que soportarían voluntariamente si no hubieran descubierto que han sido engañados, por lo cual se encuentran desanimados. Nuestros dirigentes están confundidos y llenos de temor. Temen poner en libertad a los esclavos de los rebeldes, porque al hacerlo exasperarían al sector del Sur que no se ha unido a la rebelión pero que mantienen firmemente la esclavitud. Y también temen la influencia de los fuertes opositores a la esclavitud que tienen mando en posiciones de responsabilidad. Han sentido temor del efecto que tendría un tono decidido y firme en favor de la abolición, porque podría convertir en llama el fuerte deseo de miles de personas de eliminar la causa de esta terrible rebelión, dejando en libertad a los oprimidos y rompiendo los yugos.

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Muchos de los dirigentes que ocupan puestos de responsabilidad tienen poca conciencia o nobleza de alma; pueden ejercer su poder aunque con eso destruyan a los que se encuentran bajo ellos, y lo hacen sin gran preocupación. Estos comandantes pueden abusar del poder que se les ha dado y hacer que sus subalternos ocupen posiciones peligrosas en las que se encontrarán expuestos a terribles encuentros con los rebeldes sin tener la mínima esperanza de vencerlos. En esta forma pueden deshacerse de hombres audaces y cabales, tal como David se desembarazó de Urías. 2 Samuel 11:14-15.

En esta forma se han sacrificado hombres valiosos para librarse de su fuerte influencia contraria a la esclavitud. De este modo han desaparecido precisamente los hombres que el Norte más necesita en esta hora crítica y cuyos servicios serían del más alto valor. Han sido sacrificados injustificadamente. Las perspectivas para nuestra nación son desanimadoras porque hay funcionarios rebeldes que ocupan puestos de responsabilidad. Son oficiales que simpatizan con los rebeldes. Mientras están deseosos de mantener la Unión, desprecian a los que se oponen a la esclavitud. Algunas unidades de combate también se componen mayormente de este elemento; se oponen tanto unos a otros que no existe verdadera unión entre muchos regimientos.

En la forma como se me mostró esta guerra, se veía como la más singular e incierta que haya existido. Gran cantidad de voluntarios se alistaron creyendo sinceramente que el resultado de la guerra sería la abolición de la esclavitud. Otros se alistaron con la intención de hacer lo posible por mantener la esclavitud en su forma actual, pero sofocando la rebelión y manteniendo la Unión. Luego, para confundir aún más la cosas, algunos de los oficiales en comando son hombres fuertes que favorecen la esclavitud y cuyas simpatías están con el Sur, y que sin embargo se oponen a un gobierno separado. Parece imposible llevar a buen término la guerra, porque muchos en nuestras propias filas favorecen continuamente al Sur, y nuestro ejército ha sido rechazado y diezmado sin misericordia por causa de estos hombres que favorecen la esclavitud. Algunos de nuestros representantes principales en el Congreso también trabajan constantemente para favorecer al Sur. En este estado de cosas se hacen proclamaciones pidiendo ayuno nacional, pidiendo oración para que Dios produzca una rápida y favorable terminación de esta guerra. Luego se me llamó la atención al pasaje de (Isaías 58:5-7): “¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová? ¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras y no te escondas de tu hermano?”

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Vi que estos ayunos nacionales eran un insulto a Jehová. El no acepta esa clase de ayunos. El ángel registrador anota lo siguiente con respecto a ellos: “He aquí que para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente” Isaías 58:4. Se me mostró la forma como nuestros dirigentes han tratado a los pobres esclavos que se aproximaron a ellos en busca de protección. Los ángeles han tomado nota de ello. En lugar de quebrar su yugo de servidumbre y de poner en libertad a los oprimidos, esos hombres han hecho que el yugo sea más pesado aún para ellos que cuando se encontraban al servicio de sus amos tiranos. El amor a la libertad induce a los pobres esclavos a abandonar a sus amos y arriesgar sus vidas a fin de obtenerla. Nunca se aventurarían a abandonar a sus amos y a exponerse a las dificultades y los horrores que les esperan al ser recapturados, si no tuvieran un fuerte amor a la libertad, tal como cualquiera de nosotros.

Los esclavos fugitivos han soportado indecibles dificultades y peligros para obtener su libertad, y como último recurso de su esperanza, con el amor de la libertad ardiendo en sus pechos, acuden al gobierno en busca de protección; pero su confianza ha encontrado el más absoluto desprecio. Muchos de ellos han sido tratados cruelmente porque cometieron el delito tan grande de atreverse a efectuar un esfuerzo para obtener su libertad. Hombres que ocupaban cargos importantes, que profesaban tener corazones humanos, han visto a los esclavos casi desnudos y hambrientos, y los han maltratado y enviado de vuelta a sus crueles amos y a su esclavitud sin esperanza, para que sufran crueldad inhumana por haberse atrevido a buscar su libertad. Algunos que pertenecen a esta clase despreciada son arrojados en prisiones inmundas para que vivan o mueran, sin que a sus verdugos les importe lo uno o lo otro.

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Los han privado de la libertad y del aire libre que el cielo nunca les negó, y los han dejado sufrir por falta de alimento y vestidura. ¡Y pensar que se proclama un ayuno nacional a la vista de todo esto! ¡Oh, qué insulto contra Jehová! El Señor dice por boca de Isaías: “Que me buscan cada día, y quieren saber mis caminos, como gente que hubiese hecho justicia, y que no hubiese dejado la ley de su Dios”. Isaías 58:2. Los amos de los esclavos fugitivos les dijeron que los hombres del Norte querían posesionarse de ellos para someterlos a crueles abusos, y que los abolicionistas los tratarían peor de lo que habían sido tratados en la esclavitud. Les han contado toda clase de historias terribles para hacerlos detestar al Norte, y sin embargo han tenido una idea confusa de que algunas personas bondadosas en el Norte simpatizan con ellos y harán un esfuerzo por ayudarlos. Esta ha sido la única estrella que ha arrojado su luz en su sombría y aflictiva esclavitud. La forma como los pobres esclavos han sido tratados los ha inducido a creer que sus amos les habían dicho la verdad. ¡Y a pesar de eso se ha proclamado un ayuno nacional! El Señor dice: “¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?” Isaías 58:6. Cuando nuestra nación ponga en práctica el ayuno que Dios ha escogido, entonces él aceptará sus oraciones en lo que concierne a la guerra; pero en este momento éstas no entran en su oído. El se aparta de ellos, porque le causan disgusto. Las cosas se hacen de tal manera que los que desean deshacer las pesadas cargas y romper todo yugo son colocados bajo censura, o bien quitados de posiciones de responsabilidad, o bien los planes para sus vidas son efectuados por los hombres a quienes Isaías se refiere: “He aquí que para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente”. Isaías 58:4.

Se me mostró que si el objetivo de esta guerra hubiera sido abolir la esclavitud, entonces, si se hubiera deseado, Inglaterra habría ayudado al Norte. Pero Inglaterra comprende plenamente los sentimientos existentes en nuestro gobierno, y sabe que el propósito de la guerra no es deshacer la esclavitud, sino únicamente preservar la Unión, y a ella no le interesa que ésta se mantenga. Nuestro gobierno ha sido muy orgulloso e independiente. Los habitantes de esta nación se han exaltado hasta el cielo, y han despreciado a los gobiernos monárquicos, y han sentido una sensación de triunfo en la libertad de la que se jactan, mientras al mismo tiempo han permitido voluntariamente la existencia de la esclavitud, que era mil veces peor que la tiranía ejercida por los gobiernos monárquicos. En esta tierra de luz se aprueba la existencia de un sistema en el que una parte de la familia humana vive esclava de la otra parte, con lo que millones de seres humanos se degradan y se rebajan al nivel de los animales. En los países paganos no se encuentra nada igual a esto.

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El ángel dijo: “Escuchad, oh cielos, el clamor de los oprimidos, y recompensad a los opresores con el doble de sus obras”. Esta nación será humillada hasta el polvo. Inglaterra está estudiando si es mejor tomar ventaja de la condición actual de debilidad de nuestra nación, y aventurarse a declararle la guerra. Está considerando este asunto y procurando interesar a otras naciones. Si comienza una guerra en el extranjero teme debilitar sus fuerzas en casa, y que debido a ello otras naciones se aprovechen de su debilidad. Otros países se están preparando activamente para la guerra aunque en silencio, y están esperando que Inglaterra declare la guerra a nuestro país, para ellos aprovechar la oportunidad de tomar venganza debido a las ventajas que Inglaterra ha sacado de ellos en el pasado y a las injusticias a que han sido sometidos. Una parte de los súbditos de la reina está esperando una oportunidad favorable para romper su yugo; pero si Inglaterra llega a la conclusión de que ello vale la pena, no vacilará ni un momento en aprovechar las oportunidades de proyectar su poder y humillar a nuestra nación. Cuando Inglaterra declare la guerra, todas las naciones tendrán intereses particulares que defender, por lo cual habrá una guerra generalizada, y una gran confusión. Inglaterra conoce muy bien la diversidad de sentimientos existentes entre los que procuran apagar la rebelión. También conoce la confusión que reina en nuestro gobierno; ha observado con asombro el desarrollo de esta guerra: las acciones lentas e ineficaces, la falta de actividad de nuestro ejército y los gastos ruinosos de nuestra nación. Las debilidades de nuestro gobierno son plenamente conocidas por otras naciones, y ahora han concluido que eso se debe a que no había un gobierno monárquico, por lo que admiran su propio gobierno, y algunos miran con compasión y otros con desprecio a nuestra nación, que habían considerado la más poderosa del planeta. Si nuestra nación hubiera permanecido unida habría tenido poder, pero al estar dividida debe caer.

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Viene una gran angustia

Vi en la tierra una angustia mayor que la que hemos presenciado hasta aquí. Oí gemidos y clamores de angustia, y vi grandes compañías empeñadas en batalla. Oí el tronar del cañón, el fragor de las armas, la lucha cuerpo a cuerpo, y los gemidos y oraciones de los moribundos. El suelo estaba cubierto de muertos y heridos. Vi familias desconsoladas y desesperadas, que sufrían privaciones en muchas moradas. Ahora mismo muchas familias sufren privaciones; pero esto aumentará. Los rostros de muchos se veían demacrados, pálidos y afectados por el hambre.

Me fue mostrado que el pueblo de Dios debiera estar íntimamente unido por los vínculos de la comunión y el amor cristianos. Sólo Dios puede ser nuestro escudo y fortaleza en este tiempo de calamidades nacionales. El pueblo de Dios debe despertarse. Debe aprovechar sus oportunidades de diseminar la verdad, porque éstas no durarán mucho. Se me mostró angustia, perplejidad y hambre en la Tierra. Satanás procura mantener al pueblo de Dios en un estado de inactividad, e impedirle que desempeñe su parte en la difusión de la verdad, para que al fin sea pesado en la balanza y hallado falto.

El pueblo de Dios debe recibir la amonestación y discernir las señales de los tiempos. Las señales de la venida de Cristo son demasiado claras para que se las ponga en duda; en vista de estas cosas, cada uno de los que profesan la verdad debe ser un predicador vivo. Dios invita a todos, tanto predicadores como laicos, a que se despierten. Todo el cielo está conmovido. Las escenas de la historia terrenal están llegando rápidamente al fin. Vivimos en medio de los peligros de los postreros días. Mayores peligros nos esperan, y sin embargo, no estamos despiertos. La falta de actividad y fervor en la obra de Dios es espantosa. Este estupor mortal proviene de Satanás. El domina la mente de los observadores del sábado no consagrados y los induce a sentir celos unos de otros, a criticarse y censurarse. Es su obra especial dividir los corazones, para que la influencia, la fuerza y la labor de los siervos de Dios sean consumidas por el trabajo entre los observadores del sábado no consagrados, y les toque dedicar de continuo su tiempo precioso al arreglo de pequeñas divergencias, cuando debieran consagrarlo a proclamar la verdad a los incrédulos.

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Vi que los hijos de Dios aguardaban a que sucediese algún cambio, y se apoderase de ellos algún poder compelente. Pero sufrirán una desilusión, porque están equivocados. Deben actuar; deben echar mano del trabajo y clamar fervorosamente a Dios para obtener un conocimiento adecuado de sí mismos. Las escenas que se están desarrollando delante de nosotros son de suficiente magnitud para hacernos despertar y grabar la verdad en el corazón de todos los que quieran escuchar. La mies de la tierra está casi madura.

Se me mostró cuán importante es que sean íntegros los ministros que se dedican a la obra solemne y de tanta responsabilidad de proclamar el mensaje del tercer ángel. El Señor no se ve en estrechez por falta de recursos o instrumentos con los cuales realizar su obra. Puede hablar en cualquier momento, y por quienes quiera; su Palabra es poderosa, y realizará aquello para lo cual la envió. Pero si la verdad no ha santificado las manos y el corazón del que ministra en las cosas sagradas, está expuesto a hablar de acuerdo con su propia experiencia imperfecta; y cuando habla de sí mismo, de acuerdo con las decisiones de su propio juicio no santificado, su consejo no es entonces de Dios, sino de sí mismo. Así como el que es llamado de Dios es llamado a ser santo, el que es aprobado y separado de los hombres debe dar evidencia de su santa vocación, y manifestar por su conversación y conducta celestiales que es fiel a Aquel que lo ha llamado.

Pesan terribles ayes sobre los que predican la verdad, pero no son santificados por ella, y también sobre aquellos que consienten en recibir y sostener a los no santificados para que ministren en palabra y doctrina. Me siento alarmada por los hijos de Dios que profesan creer la verdad solemne e importante; porque sé que muchos de ellos no están convertidos, ni santificados por ella. Los hombres pueden oír y reconocer la verdad, y sin embargo, no saber nada del poder de la piedad. No serán salvos por la verdad todos los que la predican. Dijo el ángel: “Purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová”. Isaías 52:11.

Ha llegado el momento en que los que eligen al Señor como heredad presente y futura, deben confiar sólo en él. Todo aquel que haga profesión de piedad, debe haberla experimentado personalmente. El ángel registrador está anotando fielmente las palabras y los actos del pueblo de Dios. Los ángeles están observando el desarrollo del carácter, y pesando el valor moral. Los que profesan creer la verdad han de ser íntegros ellos mismos y ejercer toda su influencia para iluminar a otros y ganarlos para la verdad. Sus palabras y obras son el conducto por medio del cual los principios puros de la verdad y la santidad son transmitidos al mundo. Son la sal y la luz de la tierra.

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Vi que al mirar hacia el cielo veremos luz y paz; pero al mirar al mundo, veremos que todo refugio nos faltará, y todo bien pasará pronto. No hay para nosotros ayuda sino en Dios; en este estado de confusión de la tierra podemos hallar serenidad, firmeza o seguridad tan sólo en la fuerza de una fe viva; no podemos tener paz si no descansamos en Dios ni esperamos su salvación. Resplandece sobre nosotros una luz mayor que la que iluminó a nuestros padres. No podemos ser aceptados ni honrados por Dios prestando el mismo servicio o haciendo las mismas obras que nuestros padres. Para ser aceptados y bendecidos por Dios, como lo fueron ellos, debemos imitar su fidelidad y celo, mejorar nuestra luz así como ellos mejoraron la suya, y obrar como ellos habrían obrado si hubiesen vivido en nuestros días.

Debemos andar en la luz que resplandece sobre nosotros. De otra manera esa luz se trocará en tinieblas. Dios exige que manifestemos al mundo, por medio de nuestro carácter y nuestras obras, una medida del espíritu de unión que esté de acuerdo con las verdades sagradas que profesamos, y con el espíritu de las profecías que se están cumpliendo en estos postreros días. La verdad que hemos comprendido y la luz que ha resplandecido sobre nuestra alma nos juzgarán y condenarán si nos apartamos de ellas y nos negamos a ser guiados por ellas.

¿Qué diré para despertar al pueblo remanente de Dios? Me fue mostrado que nos esperan escenas espantosas; Satanás y sus ángeles oponen todas sus potestades contra el pueblo de Dios. Saben que si los hijos de Dios duermen un poco más, los tienen seguros, porque su destrucción es cierta. Insto a todos los que profesan el nombre de Cristo a que se examinen, y hagan una plena y cabal confesión de todos sus yerros, para que vayan delante de ellos al juicio, y el ángel registrador escriba el perdón frente a sus nombres.

Hermanos míos, si no aprovecháis estos preciosos momentos de misericordia, quedaréis sin causa. Si no hacéis un esfuerzo especial para despertaros, si no manifestáis celo para arrepentiros, estos momentos áureos pasarán pronto, y seréis pesados en la balanza y hallados faltos. Entonces, vuestros gritos de agonía no os servirán de nada. Entonces se aplicarán las palabras del Señor: “Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, sino que desechasteis todo consejo mío y mi reprensión no quisisteis, también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis; cuando viniere como una destrucción lo que teméis, y vuestra calamidad llegare como un torbellino; cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia. Entonces me llamarán, y no responderé; me buscarán de mañana, y no me hallarán. Por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová, ni quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía: comerán del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos. Porque el desvío de los ignorantes los matará, y la prosperidad de los necios los echará a perder. Mas el que me oyere, habitará confiadamente, y vivirá tranquilo, sin temor del mal”. Proverbios 1:24-33.

La esclavitud y la guerra

Dios esta castigando a esta nación debido al gran delito de la esclavitud. Tiene en sus manos el destino de la nación. Castigará al sur por el pecado de la esclavitud, y al norte por haber soportado durante tanto tiempo su abarcante y penosa influencia.

En la Conferencia llevada a cabo en Roosevelt, Nueva York, el 3 de agosto de 1861 cuando los hermanos y hermanas se reunieron en el día dedicado a la humillación, el ayuno y la oración, el Espíritu del Señor descansó sobre mí. Fui tomada en visión y se me mostró el pecado de la esclavitud, que durante tanto tiempo ha sido una maldición para esta nación. La ley contra los esclavos fugitivos estaba calculada para reprimir y erradicar del ser humano todo sentimiento noble y generoso de simpatía que pudiera surgir en su corazón en favor de los esclavos oprimidos y sufrientes. Este mal se encuentra en oposición directa a las enseñanzas de Cristo. El azote de Dios ahora se ha descargado sobre el Norte, porque se ha sometido durante tanto tiempo a los avances del poder esclavizador. Es grande el pecado de los hombres del Norte que favorecen la esclavitud. Han fortalecido al Sur en su pecado aprobando la extensión de la esclavitud; han desempeñado una parte importante en el desarrollo de los acontecimientos que ha puesto a esta nación en su actual condición tan aflictiva.