Testimonios para la Iglesia, Vol. 1, p. 240-248, día 026

Se me mostró que muchas personas no comprenden la extensión del mal que nos ha sobrecogido. Se han halagado a sí mismos diciéndose que las dificultades de la nación pronto se solucionarán y que pronto concluirán la confusión y la guerra, pero todos quedarán convencidos de que la situación no es tan sencilla como se había anticipado. Muchos han esperado que el norte aseste un golpe y ponga punto final al conflicto.

Se me llamó la atención al Israel antiguo mantenido en esclavitud por los egipcios. El Señor obró mediante Moisés y Aarón para ponerlo en libertad. Se llevaron a cabo milagros delante de Faraón para convencerlo de que esos hombres habían sido especialmente enviados por Dios para pedirle que dejara en libertad a Israel. Pero el corazón de Faraón se endureció contra los mensajeros del Señor, por lo que descartó los milagros obrados en su presencia. Debido a eso los egipcios tuvieron que soportar los juicios de Dios. Fueron visitados con plagas y mientras sufrían bajo el efecto de las mismas, Faraón consintió en poner en libertad al pueblo de Israel. Pero en cuanto desapareció la causa de sus sufrimientos, su corazón volvió a endurecerse. Sus consejeros y los hombres poderosos se hicieron fuertes contra Dios y trataron de explicar las plagas como el resultado de causas naturales. Cada visitación de Dios era más severa que la anterior, y sin embargo ellos no libertaron a los hijos de Israel hasta que el ángel del Señor mató a los primogénitos de los egipcios. Desde el rey sentado en su trono hasta el súbdito más humilde, experimentaron aflicción y luto. Después de eso Faraón ordenó la salida de Israel; pero después que los egipcios hubieron enterrado a sus muertos, él se arrepintió de haberlos dejado salir. Sus consejeros y dirigentes trataron de explicar el origen de su aflicción. No quisieron admitir que habían experimentado el juicio de Dios, de modo que salieron en persecución de los hijos de Israel.

Cuando los israelitas vieron a los soldados egipcios que los perseguían, algunos en caballos y otros en carros, y equipados para la guerra, desfallecieron de temor. El Mar Rojo estaba delante de ellos y los egipcios detrás. De modo que no podían ver ninguna vía de escape. Los egipcios lanzaron exclamaciones de triunfo al ver que los israelitas se encontraban completamente a su merced. El pueblo estaba muy atemorizado. Pero el Señor le ordenó a Moisés que indicara al pueblo que avanzara y que levantara la vara y extendiera su mano sobre el mar para dividir sus aguas. El así lo hizo y las aguas se separaron, lo que permitió al pueblo de Israel pasar sobre tierra seca. Faraón había resistido durante tanto tiempo a Dios y había endurecido tanto su corazón contra sus obras poderosas y admirables, que en su ceguera se apresuró a entrar en el camino que Dios había preparado milagrosamente para su pueblo. Nuevamente a Moisés se le ordenó que extendiera su brazo sobre el mar “y el mar se volvió en toda su fuerza”, y las aguas cubrieron a la hueste egipcia y todos se ahogaron.

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Se me presentó esta escena para ilustrar el amor egoísta a la esclavitud, las medidas desesperadas que el sur adoptaría para mantener la institución, y los terribles extremos a que estarían dispuestos a llegar antes de ceder. El sistema de la esclavitud ha reducido y degradado a los seres humanos hasta el nivel de las bestias, y la mayor parte de los amos de los esclavos los consideran como tales. Las conciencias de esos amos se han endurecido, lo mismo que la de Faraón; y si se ven obligados a poner en libertad a sus esclavos, sus principios permanecen inalterados, y si fuera posible harían sentir a los esclavos todo su poder opresor. En ese momento me pareció que era imposible deshacer la esclavitud. Solamente Dios puede arrancar a los esclavos de las manos de sus desesperados e infatigables opresores. Todo el abuso y la crueldad ejercidos hacia el esclavo se pueden imputar con justicia a los que apoyan el sistema de esclavitud, ya se trate de hombres del sur o del norte.

Me fueron presentados el norte y el sur. El norte ha estado engañado con respecto al sur. Estos últimos están mejor preparados para la guerra de lo que se había supuesto. La mayor parte de sus hombres son hábiles en el uso de las armas, algunos de ellos por experiencia en el campo de batalla, y otros debido a la práctica habitual. Tienen ventajas sobre el norte en este sentido, pero en general no poseen el valor ni el aguante de los hombres del norte.

Tuve una visión de la desastrosa batalla que se libró en Manassas, Virginia. Fue una escena muy violenta y aflictiva. El ejército del Sur lo tenía todo a su favor y estaba preparado para una terrible lucha. El ejército del Norte avanzaba en triunfo, sin la menor duda de que ganarían la victoria. Muchos eran descuidados y avanzaban con alardes como si la victoria ya hubiera sido suya. Al acercarse al campo de batalla, muchos casi se desmayaban de cansancio y por falta de refresco. No esperaban un encuentro tan terrible. Se precipitaron a la batalla y lucharon valientemente y con desesperación. Por todas partes había muertos y moribundos. Tanto el Norte como el Sur experimentaron bajas considerables. Los hombres del Sur sentían el peso de la batalla y en poco tiempo más habrían tenido que retroceder aún más. Los soldados del Norte seguían avanzando apresuradamente aunque su destrucción era muy grande. Justamente en ese momento un ángel descendió y agitó su mano hacia atrás. Instantáneamente se produjo una confusión en las filas. Les pareció a los hombres del Norte que sus tropas habían comenzado a retirarse, cuando en realidad no había ocurrido tal cosa, y eso produjo una precipitada retirada. Esto me pareció algo admirable. Luego se explicó que Dios tenía esta nación en su propia mano y no soportaría que se ganaran victorias con más rapidez de lo que él había ordenado, y no permitiría más pérdidas de hombres del Norte que lo que su sabiduría considerara adecuado, para castigarlos por sus pecados. Y si el ejército del Norte en ese momento hubiera seguido presentando batalla en su condición de agotamiento, la mayor lucha y destrucción que les esperaba habría significado un gran triunfo para el Sur. Dios no estaba dispuesto a permitirlo, de modo que envió un ángel para que interfiriera en la batalla. La repentina retirada de las tropas del Norte es un misterio para todos. No saben que la mano de Dios había intervenido en este asunto.

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La destrucción del ejército del sur fue tan grande que no tuvieron ánimo para jactarse. La visión de los muertos, los moribundos, y los heridos les dio poco valor para celebrar. Esta destrucción, que ocurrió cuando ellos tenían todas las ventajas de su parte, y el norte estaba en gran desventaja, les causó gran perplejidad. Saben que si el norte tuviera igual oportunidad que ellos, ciertamente ganaría la victoria. Su única esperanza consiste en ocupar posiciones difíciles de alcanzar, y luego con sus armamentos lanzar destrucción en todos lados.

El Sur se ha fortalecido notablemente desde el comienzo de su rebelión. Si entonces el Norte hubiera tomado medidas activas, esta rebelión habría sido sofocada rápidamente. Pero lo que en un tiempo fue algo reducido, ha aumentado en poder y en número hasta convertirse en algo sumamente poderoso. Otras naciones observan de cerca lo que ocurre en este país, con un propósito del que no fui informada, y están haciendo grandes preparativos para algún acontecimiento. Ahora existe gran confusión y ansiedad entre los dirigentes de nuestra nación. Entre ellos se encuentran hombres que favorecen la esclavitud y traidores; y mientras éstos supuestamente favorecen la Unión, ejercen influencia en la adopción de decisiones, algunas de las cuales hasta favorecen la causa del Sur.

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Se me mostró a los habitantes de la Tierra en gran confusión. La tierra estaba afligida por guerra, derramamiento de sangre, privación, necesidad, hambre y pestilencia. Cuando estas cosas rodearon al pueblo de Dios, éste comenzó a unirse y a poner de lado sus pequeñas dificultades. Ya no estuvieron controlados por la dignidad personal, y una profunda humildad tomó su lugar. El sufrimiento, la perplejidad y la privación hicieron que la razón volviera a ocupar el lugar que le correspondía, y los hombres apasionados e irrazonables se tornaron sensatos y actuaron con discreción y sabiduría.

Luego se me hizo apartar la atención de esa escena. Parecía haber un corto tiempo de paz. Una vez más se me presentaron los habitantes de la tierra, y nuevamente todo estaba en la mayor confusión. Las luchas, las guerras, el derramamiento de sangre, el hambre y la pestilencia se manifestaban en todas partes. Otras naciones se habían mezclado en esta guerra y confusión. La guerra produjo hambre. La miseria y el derramamiento de sangre causaron pestilencia. Y entonces se hallaron “desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra”. Lucas 21:26.

Tiempos peligrosos

El mundo incrédulo pronto tendrá algo en que pensar fuera de sus vestidos y apariencia; y cuando sus mentes sean arrancadas de estas cosas por los problemas y la confusión, ellos no tendrán nada de qué aferrarse. No son prisioneros de la esperanza de modo que no pueden volverse al Baluarte. Desfallecerán a causa de los sobresaltos y del temor. No han hecho de Dios su refugio y él no será su consuelo en el momento de necesidad, en cambio se reirá de su calamidad y se burlará cuando les venga el temor. Han despreciado y pisoteado las verdades de la Palabra de Dios. Se han complacido llevando vestidos extravagantes y han gastado sus vidas en fiestas y francachelas. Sembraron viento y cosecharán tempestad. En el tiempo cuando las naciones sean sobrecogidas por grandes dificultades y confusión habrá muchos que no se han entregado completamente a las influencias corruptoras del mundo y el servicio de Satanás, quienes se humillarán delante de Dios y se volverán hacia él de todo corazón y encontrarán aceptación y perdón.

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Aquellos entre los observadores del sábado que no han estado dispuestos a hacer sacrificios, pero han cedido a las influencias del mundo, llegarán a ser probados. Los peligros de los últimos días están sobre nosotros y para los jóvenes se avecina una prueba que no habían anticipado. Se verán frente a dificultades sumamente graves. Será probada la autenticidad de su fe. Profesan estar esperando la venida del Hijo del hombre, y sin embargo algunos de ellos han sido un pésimo ejemplo para los incrédulos. No han estado dispuestos a abandonar el mundo sino que se han unido con él, han asistido a picnics objetables y a otras reuniones de placer, y se han complacido a sí mismos diciéndose que se dedicaban a entretenimientos inocentes. Sin embargo, se me mostró que son precisamente esas complacencias las que los separan de Dios y los convierten en hijos del mundo. Dios no considera a los buscadores de placeres como sus seguidores. El no nos ha dado tal ejemplo. Únicamente los que se niegan a sí mismos, y que llevan una vida de sobriedad, humildad y santidad son los verdaderos seguidores de Jesús; y los tales no pueden dedicarse a las conversaciones frívolas e insensatas de los amadores del mundo, y tampoco pueden disfrutar de ellas.

Tenemos ante nosotros un día de amarga angustia. Se me mostró que era necesario dar testimonios definidos, y que los que se adelantaran a prestar ayuda al Señor recibirían su bendición. Los observadores del sábado tienen una obra que deben hacer. Se me mostró que los vestidos provistos de aros de alambre eran una abominación y que la influencia de todos los observadores del sábado debía reprobar esta moda ridícula, que ha sido una pantalla de iniquidad y que surgió en una casa de mala fama de París. Me fueron mostradas algunas personas que rechazarían la instrucción, aunque ésta procediera del cielo; urdirán excusas para evitar el testimonio más definido, y desafiando toda luz usarán los aros en los vestidos porque es la moda, y correrán el riesgo de las consecuencias.

Se me presentó la profecía de Isaías 3 aplicada a estos últimos días, y los reproches se dan a las hijas de Sión que piensan únicamente en las apariencias y en el exhibicionismo. Leed el versículo 25: “Tus varones caerán a espada, y tu fuerza en la guerra”. Se me mostró que este pasaje se cumpliría estrictamente. Serán probados los jóvenes de ambos sexos que profesan ser cristianos, y que sin embargo no han manifestado una experiencia cristiana, no han soportado ninguna carga y no han sentido responsabilidad individual. Se verán rebajados hasta el polvo y anhelarán tener una experiencia en las cosas de Dios, que dejaron de obtener.

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La guerra se ciñe el casco de batalla; oh, Dios, protege ahora a tu pueblo.

Organización

El 3 de agosto de 1861 se me mostró que algunos habían temido que nuestras iglesias se convertirían en Babilonia si se las organizaba; pero las iglesias de la zona central de Nueva York ya han sido una perfecta Babilonia, confusión. Y ahora, a menos que las iglesias sean organizadas para continuar su marcha y poner en vigencia el orden, no tienen ninguna esperanza para el futuro, y serán esparcidas en fragmentos. Enseñanzas anteriores han alimentado los elementos de la desunión. Se ha fomentado el espíritu de vigilancia y acusación antes que de edificación. Si los ministros de Dios adoptaran una posición unida, y la mantuvieran con decisión, se produciría una influencia que tendería a la unión del rebaño de Dios. Las barreras de separación serían rotas en fragmentos. Los corazones se elevarían y se unirían como gotas de agua. Entonces habría poder y fortaleza en las filas de los observadores del sábado, superiores a todo lo que hemos presenciado.

Los corazones de los servidores de Dios se entristecen cuando éstos viajan de una iglesia a otra y encuentran la influencia opositora de sus hermanos en el ministerio. Hay quienes se han levantado listos para oponerse a cada paso progresivo que ha dado el pueblo de Dios. Los corazones de quienes se han atrevido a avanzar han sido entristecidos y afligidos por la falta de acción unida de parte de sus colaboradores. Estamos viviendo en un tiempo solemne. Satanás y los ángeles malignos están trabajando con gran poder, teniendo al mundo de su parte para ayudarles. Y los profesos observadores del sábado que aseveran creer en verdades solemnes e importantes, unen sus fuerzas con la influencia combinada de los poderes de las tinieblas para distraer y destruir lo que Dios se propone edificar. La influencia de tales personas queda registrada como acción de quienes retardan el progreso de la reforma entre el pueblo de Dios.

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El desconcierto producido por el tema de la organización ha manifestado una gran falta de valor moral de parte de los ministros que proclaman la verdad presente. Algunos que estaban convencidos de que la organización era un paso adecuado que se debía tomar, fallaron en defenderla abiertamente y en promoverla. Hicieron saber a algunas pocas personas que la favorecían. ¿Era eso todo lo que Dios requería de ellos? No; su silencio cobarde y su falta de acción le desagradaron. Esos ministros temieron ser culpados y encontrar oposición. Observaron a los hermanos en general para ver cuál era su opinión antes de mantenerse varonilmente en favor de lo que creían que era lo correcto. El pueblo esperó escuchar la voz de sus ministros favoritos, y debido a que no obtuvieron ninguna respuesta favorable de ellos, decidieron que la organización era un movimiento incorrecto. En esta forma la influencia de algunos ministros se ejerció contra la organización, mientras que ellos profesaban favorecerla. Sintieron temor de perder su influencia. Pero alguien tiene que adelantarse y soportar la responsabilidad, y arriezgar su influencia; y, como el que ha hecho esto se ha hecho inmune a la censura y a la culpa, puede soportarlas. Sus compañeros en la obra, quienes debieran mantenerse a su lado y soportar su parte en la carga, esperan para ver cuánto éxito tiene en pelear solo la batalla. Pero Dios toma en cuenta su aflicción, su angustia y sus lágrimas, su desánimo y su desesperación, mientras experimenta una angustia mental casi insoportable; cuando está a punto de hundirse, Dios lo levanta y le señala el lugar de reposo para los fatigados, la recompensa para los fieles; y vuelve a colocarle el hombro bajo la pesada carga. Vi que todos serían recompensados conforme a sus obras. Los que evitan la responsabilidad experimentarán pérdida al final. El momento cuando los ministros debieran mantenerse juntos es cuando la batalla se torna más ardua.

Nuestro deber para con los pobres

Muchas veces se hacen preguntas referentes a nuestro deber con los pobres que aceptan el tercer mensaje; y nosotros mismos hemos deseado durante mucho tiempo saber cómo tratar con discreción los casos de familias pobres que aceptan el sábado. Pero mientras me hallaba en Roosevelt, Estado de Nueva York, el 3 de agosto de 1861, me fueron mostradas algunas cosas respecto a los pobres.

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Dios no requiere de nuestros hermanos que se hagan cargo de cada familia pobre que acepta este mensaje. Si lo hicieran, los predicadores dejarían de entrar en nuevos campos porque los fondos se agotarían. Muchos son pobres por falta de diligencia y economía. No saben usar correctamente sus recursos.

Si se les ayudase, ello los perjudicaría. Algunos serán siempre pobres. Con tener las mejores ventajas, sus casos no mejorarían No saben calcular y gastarían todos los recursos que podrían obtener, fuesen muchos o pocos. No saben negarse ciertas cosas y economizar para evitar deudas y ahorrar algo para los tiempos de necesidad. Si la iglesia ayudase a los tales, en vez de dejarlos confiar en sus propios recursos, los perjudicaría al final; porque confían en la iglesia y esperan recibir ayuda de ella, y no practican la abnegación y economía cuando están bien provistos. Y si no reciben ayuda cada vez, Satanás los tienta, se ponen celosos y se erigen en conciencia de sus hermanos, pues temen que éstos dejarán de sentir su deber para con ellos. Ellos mismos son los que cometen el error. Están engañados. No son los pobres del Señor.

Las instrucciones dadas en la Palabra de Dios con referencia a ayudar a los pobres no se aplican a tales casos, sino a los infortunados y afligidos. En su providencia, Dios ha afligido a ciertas personas para probar a otras. En la iglesia hay viudas e inválidos para bendición de la iglesia. Forman parte de los medios que Dios ha elegido para desarrollar el verdadero carácter de los que profesan seguir a Cristo, y para hacerles ejercer los preciosos rasgos de carácter de nuestro compasivo Redentor.

Muchos que apenas pueden vivir cuando están solteros, deciden casarse y criar una familia, cuando saben que no tienen con qué sostenerla. Y lo peor es que no tienen ningún gobierno de su familia. Todo su comportamiento en la familia se caracteriza por hábitos de negligencia. No ejercen ningún dominio sobre sí mismos, y son irascibles, impacientes e inquietos. Cuando los tales aceptan el mensaje, les parece que tienen derecho a la ayuda de sus hermanos más pudientes; y si no se satisfacen sus expectativas, se quejan de la iglesia, y la acusan de no vivir conforme a su fe. ¿Quiénes deben sufrir en este caso? ¿Se debe desangrar la causa de Dios y agotar su tesorería, para cuidar de sus familias pobres y numerosas? No. Los padres deben ser los que sufran. Por lo general, no sufrirán mayor escasez después de aceptar el sábado que antes.

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Hay entre algunos de los pobres un mal que por cierto provocará su ruina a menos que lo venzan. Abrazaron la verdad apegados a costumbres groseras e incultas, y necesitan cierto tiempo para darse cuenta de su rusticidad y comprender que ella no está de acuerdo con el carácter de Cristo. Consideran orgullosos a los más ordenados y refinados, y a menudo se les oye decir: “La verdad nos pone a todos en el mismo nivel”. Pero es un grave error pensar que la verdad rebaja a quien la recibe. Lo eleva, refina sus gustos, santifica su criterio, y si se vive conforme a ella, lo hace a uno cada vez más idóneo para gozar de la sociedad de los santos ángeles en la ciudad de Dios. La verdad está destinada a elevarnos a todos a un alto nivel. Los más pudientes deben actuar siempre noble y generosamente con los hermanos más pobres; han de darles también buenos consejos, y luego dejarles pelear las batallas de la vida. Pero me fue mostrado que la iglesia tiene el deber solemnísimo de cuidar especialmente de las viudas, huérfanos e inválidos indigentes.