Testimonios para la Iglesia, Vol. 1, p. 458-465, día 052

Se me refirió a Números 15:38-41: “Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan franjas en los bordes de sus vestidos, por sus generaciones; y pongan en cada franja de los bordes un cordón de azul. Y os servirá de franja, para que cuando lo veáis os acordéis de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra y no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales os prostituyáis. Para que os acordéis, y hagáis todos mis mandamientos, y seáis santos a vuestro Dios. Yo Jehová vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para ser vuestro Dios. Yo Jehová vuestro Dios”. En este pasaje Dios expresamente ordenó un arreglo sencillo de vestir para los hijos de Israel a fin de distinguirlos de las naciones idólatras que los rodeaban. Al mirar su forma peculiar de vestir, debían recordar que eran el pueblo observador de los mandamientos de Dios, y que él había obrado de manera milagrosa para sacarlos del cautiverio egipcio a fin de servirle, para serle un pueblo santo. No debían servir a sus propios deseos, o imitar las naciones idólatras alrededor de ellos, sino permanecer siendo un pueblo distinto, separado, para que todos los que se fijaran en ellos pudieran decir: Estos son los que Dios sacó de la tierra de Egipto, que guardan la ley de los Diez Mandamientos. Tan pronto se veía a un israelita, era reconocido como tal porque Dios lo había distinguido como suyo por medios sencillos.

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La orden dada por Dios a los hijos de Israel de colocar una cinta azul en su vestuario no debía tener influencia directa sobre su salud, excepto en la medida en que Dios los bendijera por la obediencia. La cinta mantendría en sus mentes el elevado derecho de Dios y les ayudaría a no mezclarse con otras naciones, uniéndose en sus fiestas embriagadoras, y comiendo carne de cerdo y alimentos refinados en detrimento de la salud. Ahora, Dios quiere que su pueblo adopte la reforma en el vestir, no solamente para diferenciarse del mundo como su “pueblo peculiar”, sino porque una reforma en el vestir es esencial para la salud física y mental. El pueblo de Dios ha perdido en mayor grado su peculiaridad y gradualmente ha estado imitando al mundo, y mezclándose con ellos, hasta llegar a ser como ellos en muchos aspectos. Esto desagrada a Dios. El los conduce como condujo a los hijos del Israel de antaño, para que salgan del mundo y olviden sus prácticas idólatras, no siguiendo sus propios deseos -porque éstos no están santificados- o sus propios ojos que los han conducido a alejarse de Dios y unirse con el mundo.

Algo debe suceder para que el pueblo de Dios se apoye menos en el mundo. La reforma en el vestir es sencilla y saludable, pero implica una cruz. Le doy gracias a Dios por la cruz y con gozo me inclino para levantarla. Hemos estado tan unidos con el mundo que hemos perdido de vista la cruz y no sufrimos por el amor a Cristo.

No debemos desear inventar algo para fabricar una cruz; pero si Dios nos presenta una cruz, debemos llevarla con alegría. Al aceptar la cruz nos distinguimos del mundo que no nos ama y ridiculiza nuestra peculiaridad. Cristo fue odiado por el mundo porque no era del mundo. ¿Pueden sus seguidores esperar mejor trato que su Maestro? Si en nuestra relación con el mundo pasamos sin recibir censura o reveses podemos alarmarnos, pues es nuestra conformidad con éste que nos hace tan semejantes a él, que no hay nada que levante su envidia o malicia; no hay choque de espíritus. El mundo desprecia la cruz. “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” Gálatas 6:14.*

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Conjeturas sobre Battle Creek

En 1865 vi que algunos se han sentido libres, por sentimientos envidiosos, de hablar en forma despreciativa de la iglesia de Battle Creek. Algunos ven con sospecha todo lo que sucede allá y parecen alegrarse hasta lo sumo, si pueden echar mano de algo para señalar en detrimento de Battle Creek. A Dios le desagradan ese espíritu y manera de actuar. ¿De dónde obtienen nuestras iglesias en el exterior su luz y conocimiento de la verdad? Ha sido de los medios que Dios ha dispuesto, los cuales están en Battle Creek. ¿Quiénes llevan el peso de la causa? Son aquellos que trabajan celosamente en Battle Creek. Preocupaciones y pruebas severas caen necesariamente sobre aquellos que están al frente de la batalla más encarnizada; perplejidades y pensamientos agotadores caen sobre quienes se ocupan de hacer decisiones altamente importantes en relación con la obra de Dios. Los hermanos en el extranjero que no pasan por esto, deberían sentirse agradecidos y alabar a Dios por haberlos favorecido de esa manera, y deberían ser los últimos en sentirse celosos, envidiosos y criticones, diciendo con su actitud: “Dilo, y nosotros lo diremos”.

La iglesia de Battle Creek ha llevado el peso de las asociaciones, las cuales han sido una severa carga sobre casi todo. A consecuencia del exceso en el trabajo, muchos han acarreado sobre sí mismos debilidad que ha perdurado por muchos meses. Han llevado el peso con alegría, pero han sido entristecidos y desanimados por la despiadada indiferencia de algunos y el celo cruel de otros después de regresar a las varias iglesias a las cuales vinieron. Se hacen comentarios sin pensar -adrede por algunos y descuidadamente por otros- respecto a los que llevan la responsabilidad allá y respecto a los que dirigen la obra. Dios ha tomado cuenta de todos estos discursos y el celo y la envidia que los incitaron; se lleva un registro fiel. Muchos agradecen a Dios por la verdad, y entonces dan la vuelta y encuentran faltas en los propios medios que Dios ha dispuesto para hacerlos lo que son o lo que debieran ser. Cuánto más agradable sería para Dios que ellos actuaran como Aarón y Hur y sostuvieran las manos de aquellos que llevan la pesada responsabilidad de la obra en relación con la causa de Dios. Los murmuradores y los quejumbrosos deben quedarse en casa, donde estarán fuera de la tentación, donde no pueden encontrar alimento para sus celosas, impías conjeturas y críticas, porque la presencia de los tales es una carga para las reuniones; son nubes sin agua.

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Aquellos que se sienten libres de encontrar faltas y censurar a los instrumentos que Dios ha escogido para realizar una parte importante en esta gran obra final, sería mejor que procuraran estar convertidos y tener la mente de Cristo. Que recuerden a los hijos de Israel que estaban listos para encontrar faltas en Moisés, a quien Dios ordenó para dirigir su pueblo a Canaán, y para murmurar aun contrar el mismo Dios. Todos estos murmuradores cayeron en el desierto. Es fácil rebelarse, fácil pelear antes de considerar los asuntos en forma racional y directa y determinar si hay algo contra lo cual hacer guerra. Los hijos de Israel son un ejemplo para nosotros, que vivimos en estos tiempos finales.

Es más fácil para muchos dudar y hallar fallas respecto a los asuntos en Battle Creek que decir qué debe hacerse. Algunos hasta se aventurarían a tomar esta responsabilidad, pero pronto se darían cuenta de que son ineficientes en la experiencia y arruinarían el trabajo. Si estos habladores y criticones se ocuparan en llevar la carga y orar por los obreros, ellos mismos serían bendecidos y bendecirían a otros con su ejemplo piadoso, con su santa influencia y vidas. Es más fácil para muchos hablar que orar; los tales carecen de espiritualidad y santidad, y su influencia es una injuria para la causa de Dios. En lugar de sentir que la obra en Battle Creek es suya y que tienen interés en su prosperidad, se colocaban a un lado, más como espectadores, para cuestionar y encontrar faltas. Aquellos que hacen esto son los mismos que carecen de experiencia en esta obra y que han sufrido muy poco por amor a la verdad.

El traspaso de las responsabilidades

Los hermanos observadores del sábado que traspasan sus responsabilidades de mayordomos a sus esposas, pudiendo hacerlo ellos mismos, no tienen sabiduría y al hacer esto desagradan a Dios. La responsabilidad de mayordomo del esposo no puede ser traspasada a la esposa. No obstante, esto se trata de realizar con gran perjuicio para ambos. Un esposo creyente algunas veces transfiere su propiedad a su compañera no creyente, esperando gratificarla de esa manera, anular su oposición y finalmente inducirla a creer la verdad. Pero esto no es más ni menos que un intento de comprar la paz, o alquilar a la esposa para que crea la verdad. El esposo transfiere a alguien que no simpatiza con la verdad, los recursos que Dios le ha prestado para adelantar su causa; ¿qué cuenta rendirá tal mayordomo cuando el Gran Maestro requiera lo que es suyo con creces? Padres creyentes a menudo han transferido sus propiedades a sus hijos incrédulos, incapacitándose de ese modo para darle a Dios lo que le pertenece. Al actuar así, dejan de lado la responsabilidad que Dios ha colocado sobre ellos, y ponen en las filas del enemigo recursos que Dios les ha confiado para que les sean devueltos al ser invertidos en su causa cuando los pida.

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No está en los planes de Dios que los padres que son capaces de administrar sus propios bienes deban ceder el control de ellos, aun a hijos de la misma fe. A menudo, éstos no poseen tanta devoción a la causa como deberían, y no han sido enseñados en la adversidad y aflicción como para darle alta estima al tesoro celestial y menos al terrenal. Los medios colocados en las manos de los tales llegan a ser grandes males. Es tentarlos a colocar sus afectos en lo terrenal y su confianza en la propiedad, y sentir que no necesitan nada más. Cuando llegan a sus manos medios que no han adquirido por su propio trabajo, rara vez los usan sabiamente.

El esposo que transfiere su propiedad a su esposa le abre una amplia salida de tentación, sea ésta creyente o no. Si es creyente y naturalmente tacaña, inclinada al egoísmo y a la adquisición de bienes, la lucha para vencer será mucho más difícil con las propiedades de su esposo más las propias. Para ser salva, ella debe vencer todos estos rasgos particulares malos e imitar el carácter de su divino Señor, buscando la oportunidad de hacer bien a otros, de amarlos como Cristo nos ha amado. Ella debería cultivar el precioso don del amor que nuestro Salvador poseía en tal abundancia. Su vida fue caracterizada por una benevolencia noble y desinteresada. Ni un solo acto egoísta manchó su vida.

Cualesquiera hayan sido los motivos del esposo, él ha colocado un terrible tropiezo en la senda de su esposa, estorbándole su esfuerzo para triunfar. Y si el traspaso se hace a los hijos, siguen los mismos maléficos resultados. Dios lee sus motivos. Si es egoísta y ha hecho el traspaso para ocultar su codicia y escaparse personalmente de realizar cualquier cosa para adelantar la causa, la bendición de Dios ciertamente no le acompañará. Dios lee los propósitos e intentos del corazón, y prueba los motivos de los hijos de los hombres. Su advertencia y evidente descontento puede no ser manifestado como en el caso de Ananías y Safira; no obstante, al final el castigo no será menor del que les fue infligido. Al tratar de engañar a los hombres, mentían a Dios. “El alma que pecare, morirá”.

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Los tales no soportarán la prueba del juicio con mayor ventaja que el hombre que recibió un talento y lo escondió en la tierra. Cuando se le llamó a rendir cuentas, acusó a Dios de injusticia: “Yo sé que eres hombre duro, que siegas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido: Y yo tuve miedo y fuí y escondí tu talento en la tierra (donde no fuera beneficiada la causa de Dios con éste): He aquí, tu talento”. Dios dijo: “Quitadle el talento y dadlo a aquel que tiene diez talentos… Y al siervo infiel echadlo en las tinieblas de afuera: allí será el lloro y el crujir de dientes”. Este hombre tuvo miedo de que el Señor se beneficiara con la ganancia de su talento.

Vi que hay muchos que han envuelto su talento en una servilleta y lo han escondido en la tierra. Parecen pensar que cada centavo invertido en la causa de Dios es irrecobrable. Para los que se sienten así, así es. No recibirán premio. Dan renegando, solamente porque se sienten obligados a hacer algo. Dios ama al dador alegre. Los que se precian de poder transferir su responsabilidad a su esposa o hijos son engañados por el enemigo. El traspaso de bienes no mermará su responsabilidad. Son hechos responsables de los medios que Dios ha confiado a su cuidado, y de ninguna manera pueden exceptuarse de esta responsabilidad hasta que sean liberados al devolverle a Dios lo que les había encargado.

El amor al mundo separa de Dios. “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”. Es imposible que alguien discierna la verdad si sus afectos están en el mundo. El mundo se interpone entre ellos y Dios, nublando la visión y entumeciendo las sensibilidades a tal grado que es imposible para ellos discernir cosas sagradas. El Señor dice a tales personas: “Limpiad vuestras manos, pecadores, y purificad vuestros corazones, vosotros de doble ánimo afligíos, y gemid, y llorad, que vuestra risa se convierta en lamento y vuestro gozo en pesadumbre”. A los que han manchado sus manos con la contaminación del mundo se les requiere limpiarse de sus manchas. Aquellos que piensan que pueden servir al mundo y todavía amar a Dios sufren de doblez mental. ¡No pueden servir a Dios y a Mammón! Son hombres de doble mentalidad, que aman al mundo y han perdido todo sentido de su obligación a Dios. Y aun profesan ser seguidores de Cristo. No son ni una cosa ni la otra. Perderán este mundo y el venidero a menos que limpien sus manos y purifiquen sus corazones por medio de la obediencia a los puros principios de la verdad. “El que dice que está en él, debe andar como él anduvo”. “En esto es hecho perfecto nuestro amor, que tengamos claridad en el día del juicio: porque como él es, así somos nosotros en este mundo”. “Por esto se nos da abundante gracia y preciosas promesas: para que por ellas seáis participantes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que está en el mundo por la concupiscencia”.

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Es la concupiscencia mundanal lo que está destruyendo nuestra piedad. El amor al mundo y las cosas que están en el mundo están separándonos del Padre. La pasión por las ganancias terrenales está aumentando entre aquellos que profesan estar esperando la pronta aparición de nuestro Salvador. La concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida controlan aún a los profesos cristianos. Con avaricia concupiscente buscan las cosas del mundo y muchos venderán la vida eterna por ganancias no santificadas.

La debida observancia del sábado

El 25 de diciembre de 1865 se me indicó que se ha observado el sábado con demasiada negligencia. No ha habido prontitud para cumplir los deberes regulares durante los seis días de trabajo que Dios ha dado al hombre, ni cuidado para no usurpar una hora del tiempo santo y sagrado que él se ha reservado. No hay negocios humanos que deban ser considerados de suficiente importancia para hacerle a uno transgredir el cuarto precepto de Dios.

Hay casos en los cuales Cristo mismo ha dado permiso para trabajar aun en el sábado, como cuando se trata de salvar la vida de hombres o de animales. Pero si violamos la letra del cuarto mandamiento para beneficiarnos desde un punto de vista pecuniario, llegamos a ser violadores del sábado y somos culpables de transgredir todos los mandamientos; porque si ofendemos en un punto somos culpables en todos.

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Si, a fin de ahorrar nuestros bienes, violamos el mandamiento expreso de Jehová, ¿dónde nos detendremos? ¿Dónde fijaremos los límites? Si transgredimos en un asunto pequeño, y lo consideramos como si no fuese pecado particular de nuestra parte, la conciencia se endurece, las sensibilidades se embotan, a tal punto que podemos ir más lejos, y realizar bastante trabajo y seguir lisonjeándonos de ser observadores del sábado cuando, según la norma de Cristo, estamos violando cada uno de los santos preceptos de Dios. Los observadores del sábado están en falta al respecto; pero Dios es muy escrupuloso, y todos los que sientan que están ahorrando un poco de tiempo, u obteniendo ventajas por usurpar un poco del tiempo del Señor, tarde o temprano sufrirán pérdida. El no los puede bendecir como le agradaría hacerlo, porque su nombre es deshonrado por ellos, y sus preceptos menospreciados. La maldición de Dios recae sobre ellos y perderán diez o veinte veces más de lo que ganan. “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado”. Malaquías 3:8.

Dios dio al hombre seis días en los cuales trabajar para sí, pero se reservó un día en el cual se le ha de honrar especialmente. Debemos glorificarlo y respetar su autoridad. Y sin embargo el hombre roba a Dios apropiándose de un poco del tiempo que el Creador reservó para sí. Dios puso aparte el séptimo día como período de descanso para el hombre, para bien del hombre tanto como para su propia gloria. Vio que las necesidades del hombre requerían que durante un día descansase del trabajo y cuidado, que su salud y vida peligrarían sin un período de reposo del trabajo y ansiedad de los seis días.

El sábado fue hecho para beneficio del hombre; y transgredir a sabiendas el santo mandamiento que prohibe trabajar en el séptimo día es, a la vista del cielo, un crimen considerado de tal magnitud bajo la ley mosaica, que exigía la muerte del que lo cometiera. Pero esto no era todo lo que el delincuente había de sufrir, porque Dios no llevará al cielo a un transgresor de su ley. Deberá sufrir la segunda muerte, que es la penalidad plena y final a que se hace acreedor el transgresor de la ley de Dios.