Testimonios para la Iglesia, Vol. 2, p. 36-44, día 075

Esaú apeteció su plato favorito y sacrificó su primogenitura para complacer el apetito. Una vez que lo hubo hecho, se dio cuenta de su insensatez, pero no halló lugar para el arrepentimiento aunque lo procuró cuidadosamente y con lágrimas. Hay muchísimos que son como Esaú. Representa a una clase de personas que tiene una bendición especial y valiosa al alcance de la mano: la herencia inmortal; una vida tan perdurable como la de Dios, el Creador del Universo; una felicidad inconmensurable y un eterno peso de gloria; pero que por tanto tiempo han cedido a sus apetitos, pasiones e inclinaciones, que se ha debilitado su facultad de discernir y apreciar el valor de las cosas eternas. 2TI 36.1

Esaú experimentaba un deseo especial y dominante por participar de cierto alimento, y había complacido por tanto tiempo el yo, que no sentía la necesidad de apartarse de ese plato tentador y codiciado. Pensó en él, sin hacer ningún esfuerzo especial para dominar el apetito, hasta que el poder de éste dominó cualquier otra consideración y lo sojuzgó. Entonces imaginó que sufriría mucha incomodidad, e inclusive la muerte, si no participaba de ese plato especial. Mientras más pensaba en él, más se fortalecía su deseo, hasta que su primogenitura, que era sagrada, perdió para él su valor y su santidad. Pensó que si la vendía, fácilmente la podría comprar otra vez. La trocó por su plato favorito, arrullándose con la idea de que podría disponer de ella a voluntad, y que podría adquirirla de nuevo cuando quisiera. Pero cuando quiso comprarla otra vez, aun con gran sacrificio de su parte, no pudo hacerlo. Entonces se arrepintió amargamente de su apresuramiento, su insensatez y su locura. Examinó el asunto desde todos sus ángulos. Procuró el arrepentimiento cuidadosamente y con lágrimas; pero todo fue en vano. Había despreciado la bendición y el Señor se la quitó para siempre. Usted pensó que si sacrificaba ahora la verdad, para seguir una conducta de abierta transgresión y desobediencia, no quebrantaría toda restricción ni se convertiría en un temerario, y en caso de que se frustraran sus esperanzas y expectativas de ganancia mundanal, podría interesarse de nuevo en la verdad y llegar a ser un candidato para la vida eterna. Pero se engañó a sí mismo en este asunto. Si hubiera sacrificado la verdad para obtener ganancias mundanales, lo habría hecho al costo de su vida eterna. 2TI 36.2

En la parábola de la gran cena, nuestro Salvador nos muestra que muchos elegirán el mundo en lugar de él, y como resultado de ello perderán el Cielo. La invitación llena de gracia de nuestro Salvador fue despreciada. Se sometió con inmensos sacrificios a trabajos y gastos para hacer grandes preparativos. Entonces envió su invitación; pero “todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He comprado una hacienda, y necesito ir a verla; te ruego que me excuses. Otro dijo: He comparado cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos; te ruego que me excuses. Y otro dijo: Acabo de casarme, y por tanto no puedo ir”. Lucas 14:18-20. El Señor entonces se aparta de los ricos amantes del mundo, cuyas tierras y cuyos bueyes y cuyas esposas eran de tan gran valor en su estima como para superar las ventajas que podrían obtener al aceptar la invitación llena de gracia que les había extendido de participar de su cena. El dueño de casa entonces se enojó, y se apartó de los que habían insultado de ese modo la abundancia que les había ofrecido, e invitó a cierta clase de gente que no estaban llenos, que no poseían ni tierras ni casas, sino que eran pobres y hambrientos, lisiados, rengos y ciegos, pero que podrían apreciar la abundancia ofrecida, y en cambio ofrecerle al Señor sincera gratitud, amor no fingido y devoción. 2TI 37.1

Pero todavía hay lugar. Se dio entonces la orden: “Vé por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará de mi cena”. vers. 23-24. Aquí tenemos una clase de gente que será rechazada por Dios porque despreció la invitación del Maestro. El Señor le dijo a Elí: “Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco”. 1 Samuel 2:30. Cristo dice: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”. Juan 12:26. No podemos burlarnos de Dios. Si algunos que tienen la luz la rechazan o no la siguen, se convertirá en tinieblas para ellos. 2TI 37.2

El amado Hijo de Dios hizo un inmenso sacrificio para poder rescatar al hombre caído y exaltarlo a su propia diestra, convertirlo en heredero del mundo y poseedor del eterno peso de gloria. El lenguaje humano no alcanza a expresar el valor de la herencia inmortal. La gloria, las riquezas y el honor ofrecidos por el Hijo de Dios son de valor tan infinito, que está más allá de la capacidad del hombre y aun de los ángeles el dar una idea justa de su dignidad, su excelencia y su magnificencia. Si los hombres sumergidos en el pecado y la degradación rehusan estos beneficios celestiales, rehusan participar de una vida de obediencia, pisotean las invitaciones llenas de gracia y misericordia, y escogen las miserables cosas de la tierra porque son visibles, y porque resulta conveniente para obtener placer temporal seguir una conducta pecaminosa, Jesús pondrá en práctica la ilustración de la parábola: los tales no gustarán de su gloria; pero la invitación se extenderá a otra clase de gente. 2TI 37.3

Los que decidan presentar excusas y continuar en pecado y conformidad con el mundo, serán dejados de lado con sus ídolos. Llegará el día cuando no pedirán que se los excuse, cuando nadie querrá ser excusado. Cuando Cristo venga en su gloria y la gloria de su Padre, rodeado de todos los ángeles del cielo, que lo escoltarán en su camino con voces de triunfo, mientras los acordes de la música más encantadora llegarán al oído, todos, entonces, tendrán interés; no habrá un solo espectador indiferente. La especulación, entonces, no cautivará el alma. Los montones de oro del usurero, que fueron una fiesta para sus ojos, perderán su atractivo. Los palacios que edificaron los orgullosos de la tierra, y que fueron sus ídolos, serán despreciados con náuseas y disgusto. Nadie invocará las tierras, los bueyes o la esposa con quien se acaba de casar como excusa para no participar de la gloria que resplandecerá ante sus ojos asombrados. Todos querrán participar, pero sabrán al mismo tiempo que todo eso no es para ellos. 2TI 38.1

Con oración fervorosa y agonizante suplican a Dios que no los deje a un lado. Los reyes, los poderosos, los encumbrados, los orgullosos, el hombre miserable, todos juntos se inclinan ante la presión de una angustia, una desolación y una miseria indescriptibles; oraciones angustiosas, provenientes del corazón, brotan de sus labios: “¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Salvadnos de la ira de un Dios ofendido!” Una voz les responde con terrible claridad y firmeza, y majestuosamente: “Puesto que llamé y me rechazasteis; extendí mi mano y no tuvisteis consideración de mí; y por el contrario redujisteis a la nada todo mi consejo, y no quisisteis saber nada de mis reprensiones, yo me reiré de vuestra calamidad; me burlaré de vosotros cuando os asalte el temor”. 2TI 38.2

Entonces los reyes y los nobles, el poderoso, el pobre y el mezquino, todos juntos claman allí con gran amargura. Los que en los días de su prosperidad despreciaron a Cristo y a los humildes que seguían sus pisadas, hombres que no quisieron humillar su rango para inclinarse ante Cristo, que aborrecieron su despreciada cruz, se encuentran ahora postrados en el fango de la tierra. Su grandeza súbitamente los ha abandonado y no vacilan en inclinarse a la tierra, a los pies de los santos. Entonces comprenden con terrible amargura que están consumiendo los frutos de su propia conducta, y que están llenos de sus propias argucias. Confiando en su supuesta sabiduría rechazaron la recompensa sublime y eterna, y la invitación celestial, en favor de las ganancias terrenales. El resplandor y el oropel de la tierra los fascinaron, y en su supuesta sabiduría se convirtieron en insensatos. Se gozaban en su prosperidad mundanal como si sus ventajas terrenales fueran tan grandes que podrían, por medio de ellas, tener méritos ante Dios, y de esa manera asegurarse el Cielo. 2TI 39.1

El dinero era poder para los insensatos de la tierra y al mismo tiempo era su dios; pero su misma prosperidad los destruyó. Se volvieron insensatos a la vista de Dios y de sus santos ángeles mientras los hombres dominados por las ambiciones mundanales los consideraban sabios. Ahora su supuesta sabiduría es insensatez total y su prosperidad la causa de su destrucción. De nuevo resuenan los gritos provocados por una angustia temible, que destroza el corazón: “Rocas y montañas: caed sobre nosotros y escondednos del rostro del que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha venido, y ¿quién podrá estar firme?” Huyen a las cavernas de la tierra para cubrirse, pero entonces no les sirven de nada. 2TI 39.2

Querido hermano: la vida y la muerte están delante de usted. ¿Sabe usted por qué han vacilado sus pasos? ¿Por qué no perseveró con valor y firmeza? Usted posee una conciencia violada. Su carrera como negociante no ha sido recta. Tiene algo que hacer con respecto a esto. Su padre no analizó correctamente los principios relativos a los negocios. Usted los considera como los mundanos generalmente lo hacen, pero no como Dios lo hace. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Marcos 12:31. ¿Lo ha hecho usted? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. vers. 30. Si este mandato es obedecido, prepara el corazón para obedecer el segundo, que es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Los diez mandamientos en su totalidad están comprendidos en estos dos. El primero incluye los cuatro primeros mandamientos, que ponen de manifiesto el deber del hombre hacia su Creador. El segundo abarca los últimos seis, que muestran el deber del hombre hacia sus semejantes. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas. Son dos grandes brazos que sostienen la totalidad de los diez mandamientos, los cuatro primeros y los últimos seis. Deben ser estrictamente obedecidos. 2TI 39.3

“Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Mateo 19:17. Muchos que profesan ser discípulos de Cristo pasarán aparentemente con toda facilidad por este mundo, considerados como hombres rectos y piadosos, en circunstancias que en lo íntimo de su ser encierran una plaga que mancha todo su carácter y corrompe toda su experiencia religiosa. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esto nos prohibe aprovecharnos de nuestro prójimo en beneficio personal. Se nos prohibe perjudicar a nuestro prójimo, no importa en qué sea. No debemos observar las cosas desde el punto de vista de los mundanos. Tratar a nuestro prójimo en toda circunstancia tal como nos gustaría que nos trataran a nosotros, es una regla que debemos aplicar prácticamente. Las leyes de Dios deben ser literalmente obedecidas. En todas nuestras relaciones y nuestros tratos con nuestros semejantes, ya sean creyentes o incrédulos, debemos aplicar esta regla: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. 2TI 40.1

En esto muchos que profesan ser cristianos no alcanzan la medida de Dios; cuando se los pesa en las balanzas del santuario son hallados faltos. Querido hermano: “Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré a vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Dios Todopoderoso”. 2 Corintios 6:17-18. ¡Qué promesa es ésta! Pero no debemos perder de vista el hecho de que se basa en la obediencia al mandamiento. Dios lo llama a que se separe del mundo. No debe seguir sus procedimientos, ni conformar a ellos su conducta en ningún sentido. “Sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Romanos 12:2. 2TI 40.2

Dios pide separación del mundo. ¿Obedecerá usted? ¿Saldrá de entre ellos y se mantendrá separado y diferente de ellos? “Porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” 2 Corintios 6:14. Usted no puede mezclarse con los mundanos, participar de su espíritu y seguir su ejemplo, y ser al mismo tiempo un hijo de Dios. El Creador del universo se dirije a usted como un Padre afectuoso. Si usted se separa del mundo y sus afectos, y se mantiene libre de su contaminación, al huir de la corrupción que existe en el mundo por causa de la concupiscencia, Dios será su Padre, lo adoptará en el seno de su familia, y usted será su heredero. En lugar del mundo le dará, a cambio de una vida de obediencia, el reino que se encuentra debajo de todos los cielos. 2TI 41.1

Su Padre celestial le propone convertirlo en un miembro de la familia real, para que por medio de sus preciosas y grandísimas promesas usted llegue a participar de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que existe en el mundo por causa de la concupiscencia. Mientras más participe usted del carácter de los ángeles puros y sin pecado, y de Cristo su Redentor, más vívidamente llevará usted la impronta de lo divino, y más débil será su semejanza al mundo. El mundo y Cristo están en desacuerdo, porque aquél no quiere unirse al Señor. El mundo también estará en desacuerdo con los seguidores de Cristo. En la oración de nuestro Salvador a su Padre, dice: “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”. Juan 17:14. 2TI 41.2

Su vocación es muy elevada; consiste en glorificar a Dios en su cuerpo y en su espíritu, que le pertenecen. No tiene que medirse comparándose a los demás. La Palabra de Dios le ha presentado un modelo sin defectos, un ejemplo sin falla. Usted ha soñado con la cruz. Es un instrumento incómodo de llevar, y, puesto que está lleno de oprobio y vergüenza, usted la ha esquivado. Necesita poner en práctica la reforma pro salud en su vida; negarse a sí mismo, y comer y beber para gloria de Dios. Absténgase de los deseos carnales que combaten contra el alma. Necesita practicar la temperancia en todas las cosas. He aquí una cruz que usted ha evitado. Someterse a un régimen alimentario sencillo, capaz de conservarlo en la mejor condición de salud, es una verdadera tarea para usted. Si hubiera vivido de acuerdo con la luz que el Cielo permitió que resplandeciera sobre su senda, su familia se habría economizado muchos sufrimientos. Su propia conducta le ha producido resultados ineludibles. Si persiste en esta manera de proceder, Dios no se manifestará en el seno de su familia para bendecirlo en forma especial, ni hará un milagro para salvar a sus familiares del sufrimiento. Un régimen alimentario sencillo, libre de condimentos, de carne y de toda clase de grasa, será una bendición para usted y librará a su esposa de mucho sufrimiento, pesar y desánimo. 2TI 41.3

Usted no ha seguido una conducta que podría haberle asegurado la bendición de Dios. Si quiere tener su bendición, y que su presencia se manifieste en el seno de su familia, debe obedecerle, y hacer su voluntad sin tomar en cuenta pérdidas o ganancias, o su propio placer. No debe consultar sus propios deseos, ni procurar la aprobación de los mundanos que no conocen a Dios ni tratan de glorificarlo. Si usted está en contra de Dios, él estará en su contra. Si tiene otros dioses delante del Señor, su corazón dejará de servir al único Dios verdadero y viviente, que demanda todo el corazón y la totalidad de los afectos. Dios requiere todo el corazón, toda el alma, toda la mente y toda la fuerza. No aceptará nada menos que eso. Ninguna clase de desunión está permitida aquí; no aceptará tampoco una obra hecha a medias. 2TI 42.1

Para poder ofrecerle a Dios un servicio perfecto, usted debe tener un concepto claro de sus requerimientos. Debería usar el alimento más sencillo, preparado en la forma más simple, de manera que no se debiliten los delicados nervios del cerebro, ni se entorpezcan ni se paralicen, incapacitándolo para discernir las cosas sagradas, considerar la expiación, la sangre purificadora de Cristo como algo invalorable. “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. 1 Corintios 9:24-27. 2TI 42.2

Si los hombres, por una razón no más elevada que una corona perecedera por recompensa de su ambición, se sometían a la temperancia en todo sentido, con cuánta más razón deberían estar dispuestos a practicar la abnegación los que profesan buscar, no sólo una corona de gloria inmortal, sino una vida tan perdurable como el trono de Jehová, riquezas eternas, honores inmarcesibles, un eterno peso de gloria. Los incentivos presentados a los que corren la carrera cristiana, ¿no los inducirán a practicar la abnegación y la temperancia en todas las cosas, de manera que puedan mantener en sujeción sus propensiones inferiores, someter su cuerpo, controlar el apetito y las pasiones carnales? Entonces podrán participar de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que se encuentra en el mundo como consecuencia de la concupiscencia. 2TI 43.1

Si la recompensa prometida, sobremanera preciosa y gloriosa, no nos induce a dar la bienvenida a mayores privaciones y a soportar una abnegación más grande que las que soportan alegremente hombres mundanos que están procurando solamente una medalla terrenal, un laurel perecedero que brinda el honor de unos pocos, y el aborrecimiento de muchos más, somos indignos de la vida eterna. En el fervor y en la intensidad de nuestro celo, en la perseverancia, el valor, la energía, la abnegación y el sacrificio, deberíamos por lo menos sobrepasar a los que están dedicados a cualquier otra empresa, ya que el objetivo que estamos tratando de alcanzar es de un valor más elevado que el de ellos. El tesoro que estamos procurando es imperecedero, eterno, inmortal, sobremanera glorioso; mientras que el que procura el mundano dura sólo un día; se desvanece, perece y es tan efímero como la nube matutina. 2TI 43.2

Levante la cruz, levántela, hermano D., y al hacerlo, se asombrará al ver que ella lo eleva y lo sostiene. En la adversidad, la pobreza y el pesar, será fortaleza y sostén para usted. Descubrirá que de ella penden la misericordia, la compasión, la simpatía y un amor indescriptible. Será para usted una prenda de inmortalidad. ¡Oh, si usted pudiera decir con Pablo: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. Gálatas 6:14. 2TI 44.1

El Espíritu del Señor ha estado luchando con su esposa por algún tiempo. Si usted se sometiera a Dios, ella tendría fortaleza para decidirse y tratar de vivir la verdad. Si decide apartarse de la verdad, no caerá solo; no solamente perderá su propia alma, sino que será un instrumento para apartar a otros del camino, y la sangre de las almas manchará sus ropas. Si hubiera conservado su integridad, su madre, su hermano E., y alguien que se encuentra al borde de la tumba, estarían ahora gozando del consuelo del Espíritu de Dios, y tendrían una buena experiencia en la verdad. Recuerde siempre que somos responsables de la influencia que ejercemos. Nuestra influencia reúne con Cristo, o esparce. Estamos ayudando a las almas a recorrer la estrecha senda de la santidad, o somos un estorbo, una piedra de tropiezo para ellas, apartándolas del camino. Usted, mi estimado hermano, no tiene tiempo que perder. Dedíquese con seriedad a redimir el tiempo, porque los días son malos. Sus relaciones, aquellos cuya companía ha elegido, son un estorbo para usted. Salga de entre ellos; sepárese. Acérquese a Dios y únase más estrechamente con su pueblo. Su interés y sus afectos deben tener a Cristo y a sus seguidores como centro. Ame más a los que aman más a Cristo. Rompa las cadenas que lo han unido a los que no aman a Dios ni a la verdad. ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿O qué parte tiene el creyente con el infiel? 

Usted está en inminente peligro de naufragar en la fe. Necesita toda la fortaleza que puede obtener del pueblo de Dios, que posee esperanza, valor y fe. Pero no descuide la oración, la oración secreta. Persevere en la oración; aliente un espíritu de verdadera devoción. Tiene una obra que hacer en sus actividades comerciales. Exactamente qué, no se lo puedo decir; pero algo anda mal. Investigue cuidadosamente. Estamos trabajando para la eternidad. Todos nuestros actos, todas nuestras palabras, serán pesados en las balanzas del santuario. Un Dios justo e imparcial decidirá todos nuestros casos, cada suceso de la historia de nuestra vida. “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto”. Lucas 16:10