Entonces Jesús le habló con su propia voz celestial, diciendo: “¡María!” Ella reconoció el tono de aquella voz querida, y prestamente respondió: “¡Maestro!” con tal gozo que quiso abrazarlo. Pero Jesús le dijo: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.” Alegremente se fué María a comunicar a los discípulos la buena nueva. Pronto ascendió Jesús a su Padre para oír de sus labios que aceptaba el sacrificio, y recibir toda potestad en el cielo y en la tierra. (P.E., 186)