Nuestro Maestro conoció el dolor y la aflicción, y los que sufran con él reinarán con él. Cuando el Señor se le apareció a Saulo en ocasión de su conversión, no se propuso mostrarle todo el bien de que podría disfrutar, sino los grandes sufrimientos que tendría que padecer en su nombre. El sufrimiento ha sido la suerte del pueblo de Dios desde los días del mártir Abel. Los patriarcas sufrieron por ser leales a Dios y obedientes a sus mandamientos.
Visión de la Tierra Nueva*
Encabezados por Jesús, todos descendimos desde la ciudad hacia esta tierra, sobre un monte muy grande, que no pudo soportar a Jesús y se partió dando lugar a una enorme llanura. Luego miramos hacia arriba y vimos la gran ciudad, con doce fundamentos y con doce puertas, tres de cada lado, y con un ángel en cada puerta. Todos exclamamos: “Ya desciende la ciudad, la gran ciudad; viene de Dios y del cielo”, y la ciudad descendió y se estableció sobre la llanura en la que nos encontrábamos. Luego comenzamos a contemplar las cosas gloriosas que había dentro de ella.
Nuestro chasco no fue tan grande como el de los discípulos. Cuando el Hijo del hombre entró triunfante en Jerusalén, ellos esperaban que fuera coronado rey. La gente vino de todas partes y exclamaba: “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mateo 21:9). Y cuando los sacerdotes y ancianos le pidieron a Jesús que hiciera callar a la multitud, él declaró que si ésta callaba aun las piedras hablarían, porque la profecía debía cumplirse. Sin embargo, pocos días después esos mismos discípulos vieron a su amado Maestro de quien habían creído que reinaría en el trono de David, extendido sobre la cruel cruz por encima de los fariseos que se burlaban y lo escarnecían. Sus grandes esperanzas sufrieron un enorme chasco, y quedaron rodeados por las tinieblas de la muerte.
El frío formalista comenzó a desaparecer bajo la poderosa influencia del Altísimo. Todos los que habían manifestado oposición hacia mí confesaron que habían afligido al Espíritu Santo con su conducta, y se unieron para simpatizar conmigo y para manifestar su amor por el Salvador. Mi corazón rebosaba de gozo porque la misericordia divina había allanado el camino que debía recorrer y había recompensado mi fe y mi confianza en forma tan abundante. Ahora reinaban la unidad y la paz entre nuestro pueblo que esperaba la venida del Señor.
Por ese tiempo los adventistas llevaban a cabo reuniones en el Beethoven Hall. Mi padre y su familia asistían regularmente a ellas. Se pensaba que la segunda venida de Cristo ocurriría en el año 1843. Parecía tan corto el tiempo en que se pudieran salvar las almas, que resolví hacer todo lo que fuera posible para conducir a los pecadores a la luz de la verdad. Pero parecía imposible que una persona tan joven como yo y de salud débil pudiera efectuar una contribución importante en esa obra grandiosa. Tenía dos hermanas en casa: Sara, varios años mayor que yo, y mi hermana melliza, Elizabeth.
Poco después de éste, tuve otro sueño. Me parecía estar sentada en un estado de absoluta zozobra, con la cabeza entre las manos, mientras me hacía la siguiente reflexión: si Jesús estuviera aquí en la tierra, iría a su encuentro, me arrojaría a sus pies y le contaría todos mis sufrimientos. El no se alejaría de mí, en cambio tendría misericordia de mí y yo lo amaría y le serviría para siempre. Justamente en ese momento se abrió la puerta y entró un personaje de agradable aspecto y hermoso rostro. Me miró compasivamente y me dijo: “¿Quieres ver a Jesús? El está aquí y puedes verlo si lo deseas. Toma todas tus posesiones y sígueme”.
Al aproximarnos a nuestro hogar situado en la ciudad de Portland, pasamos junto a hombres que trabajaban en la calle. Conversaban acerca de temas comunes, pero yo tenía los oídos cerrados a todo lo que no fuera alabanza a Dios, por lo que escuché sus palabras como gratas expresiones de agradecimiento y gozosos hosannas. Volviéndome hacia mi madre, le dije: “Todos estos hombres están alabando a Dios y ni siquiera han asistido a las reuniones de reavivamiento”. No comprendí en ese momento por qué los ojos de mi madre se habían llenado de lágrimas y una tierna sonrisa había iluminado su rostro, al escuchar mis sencillas palabras que le hacían recordar una experiencia personal parecida.
Mi infancia
Nací en la localidad de Gorham, Maine (Estados Unidos), el 26 de noviembre de 1827. Mis padres, Roberto y Eunice Harmon, habían vivido durante muchos años en el Estado de Maine.
LEAMOS HOY 25 DE NOVIEMBRE JEREMÍAS 30.
VERSÍCULO PARA MEMORIZAR: “¡Ah, cuán grande es aquel día! tanto, que no hay otro semejante a él; tiempo de angustia para Jacob; pero de ella será librado.” (Ver. 7).
LEAMOS HOY 24 DE NOVIEMBRE JEREMÍAS 29.
VERSÍCULO PARA MEMORIZAR: “Pidan por la prosperidad de la ciudad adonde yo los desterré y oren por ella, porque su prosperidad será la de ustedes.” (Ver. 7).