El primer sábado del viaje lo pasamos en Orleans y ayunamos. Fue un día de gran solemnidad; procuramos humillarnos delante de Dios, y con corazones y espíritus contritos y muchas lágrimas, todos oramos fervientemente para que Dios nos bendijera y fortaleciera para hacer su voluntad en la reunión. Teníamos alguna fe y esperanza que en aquella reunión nos veríamos libres de nuestra cautividad.
En la reunión mi esposo confesó humildemente que se había equivocado en varios asuntos de esta naturaleza, que jamás debió haber hecho y nunca habría realizado sino por temor a sus hermanos y por el deseo de estar en comunión con la iglesia. Esto indujo a algunos que le habían herido a despreciarlo aparentemente. Fuimos humillados a lo sumo y acongojados más allá de lo que puede expresarse. Bajo estas circunstancias empezamos a cumplir un compromiso en Monterrey. En el camino fui presa de la más terrible angustia de espíritu. Traté de explicarme a mí misma por qué nuestros hermanos no comprendían nuestra obra.
El hermano de Nueva York regresó con su esposa y su hija a Battle Creek, en un estado mental que no le permitía dar un informe correcto del buen trabajo hecho en Wright ni estabilizar los sentimientos de la iglesia de Battle Creek.
En la visión que me fue dada el 25 de diciembre de 1865, vi que la reforma pro salud era una gran empresa, estrechamente relacionada con la verdad presente, y que los adventistas del séptimo día deberían establecer instituciones donde los enfermos pudieran recibir tratamiento para sus enfermedades y aprender también a cuidarse ellos mismos para prevenirlas.
Recuerdo su rostro entre otros que me fueron mostrados en visión en Róchester, Nueva York, el 25 de diciembre de 1865. Se me mostró que usted estaba en el fondo del escenario. Usted está convencido por su propio juicio de que tenemos la verdad, pero todavía no ha reconocido en la práctica su influencia santificadora. No ha seguido de cerca los pasos de nuestro Redentor, por eso no está preparado para andar como él anduvo.
Se me mostraron muchas cosas en Róchester, Nueva York, el 25 de diciembre de 1865, concerniente al pueblo de Dios en relación con la obra para estos últimos días. Vi que muchos profesos observadores del sábado no obtendrán la vida eterna. Fracasan en aprender del curso seguido por los hijos de Israel y caen en algunas de sus malas andanzas. Si continúan en estos pecados, caerán como los israelitas y nunca entrarán en la Canaán celestial. “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”.
Se me refirió a Números 15:38-41: “Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan franjas en los bordes de sus vestidos, por sus generaciones; y pongan en cada franja de los bordes un cordón de azul. Y os servirá de franja, para que cuando lo veáis os acordéis de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra y no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales os prostituyáis.
Se me mostró que, como pueblo, los observadores del sábado trabajan demasiado sin permitirse variaciones o períodos de descanso. La recreación es necesaria para los que se ocupan en faenas físicas y es aún más esencial para la gente cuya labor es mayormente mental. No es esencial para nuestra salvación ni para la gloria de Dios el mantener nuestra mente trabajando constante y excesivamente, aun sobre temas religiosos.
Las personas a quienes Dios ha dado recursos económicos deben proveer un fondo que deberá usarse para beneficio de los pobres dignos que están enfermos y no pueden pagar los gastos de su tratamiento en la institución de salud.
lan la que no hace nada para animar a otros y no hace nada para estorbarlos. Cristo dijo: El que no recoge conmigo, esparce. Prestad atención, ancianos y jóvenes: estáis haciendo la obra de Cristo, para salvar almas, o bien la obra de Satanás, que consiste en conducirlas a la perdición.